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Sección: Vida
La estética del cansancio
17/05/26 | 10:17 | Por: Redacción
En una cultura obsesionada con la productividad, estar agotado se ve como señal de valor personal.
Durante años, descansar fue considerado una necesidad básica. Hoy, muchas personas sienten culpa cuando no están haciendo algo “útil”. Vivimos rodeados de discursos que glorifican las agendas saturadas, las jornadas interminables y la capacidad de mantenerse ocupado todo el tiempo.   
 
En redes sociales, frases como “ando en friega”, “no he dormido” o “traigo mil cosas” dejaron de sonar como advertencias de agotamiento para convertirse en símbolos de compromiso, ambición o éxito. 
 
La cultura digital tiene mucho que ver con este fenómeno. Plataformas como Instagram, TikTok o LinkedIn están llenas de contenido donde el cansancio aparece envuelto en estética aspiracional: cafés a medianoche, computadoras abiertas de madrugada, rutinas imposibles y personas que parecen capaces de producir sin detenerse. La productividad ya no sólo se presume como una habilidad laboral, sino como parte de la identidad. 
 
Poco a poco, el agotamiento comenzó a adquirir prestigio social. Estar ocupado transmite la idea de ser importante o solicitado. Por el contrario, tener tiempo libre puede interpretarse como falta de ambición o poca disciplina. En muchos entornos laborales y sociales, decir “no he parado en todo el día” funciona casi como una medalla invisible. 
 
El problema es que el cuerpo no distingue entre cansancio “admirable” y desgaste real. La presión por mantenerse siempre activo puede derivar en estrés crónico, problemas de sueño, ansiedad y agotamiento emocional. Sin embargo, muchas personas minimizan esas señales porque aprendieron a relacionar el descanso con flojera o pérdida de tiempo. 
 
También existe una dimensión emocional más profunda. Mantenerse ocupado puede convertirse en una forma de evitar silencio, incertidumbre o incomodidad personal. Llenar cada espacio con tareas y pendientes genera una sensación momentánea de control. 
 
Las empresas y la cultura laboral moderna han reforzado esta lógica. La conectividad permanente borró límites entre trabajo y vida personal. Responder mensajes fuera del horario laboral, trabajar en vacaciones o estar disponible todo el tiempo se volvió algo normalizado. Muchas veces, quienes establecen límites son percibidos como menos comprometidos que quienes permanecen conectados día y noche.
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