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Sección: Vida
Interpretación "diabólica" del origen de las vacunas
22/06/20 | 08:32 | Por: Redacción
Pese a diversos pronunciamientos estrambóticos, han salvado, y salvan, millones de vidas.
Ante la ausencia de un peligro real inminente, muchos no ven la urgencia de vacunar a sus hijos. Esto pone en peligro no sólo su vida, sino la del resto de las personas que no hayan podido vacunarse.

La deseada vacuna frente al SARS-CoV-2 no se ha salvado de pintorescos pronunciamientos en su contra. Antonio Cañizares, arzobispo de Valencia, asegura que la vacuna "se fabrica a base de células de fetos abortados", lo cual califica de "inhumano y cruel".

Cualquiera que oiga estas declaraciones imaginará una fábrica por la que entran fetos humanos a una especie de licuadora y de la que sale un líquido destilado que nos protege frente al virus. Es evidente que esto no es así. Entonces, ¿de dónde procede esa afirmación?

A mediados del siglo pasado vimos vacunas contra enfermedades que asolaban a la humanidad como la polio, el sarampión, la rubeola y la rabia. Fue la gran época del desarrollo de estos fármacos.

Estas vacunas se producían mediante la infección de células en cultivo de laboratorio para permitir que los virus se multiplicasen. Más tarde se inactivaban para producir vacunas inactivadas, o bien se cultivaban en condiciones que facilitaban la pérdida de virulencia para generar vacunas de virus atenuados.

Para poder realizar estas preparaciones de virus se necesitaban cultivos celulares seguros y bien definidos, lo que para la época constituía un reto. Era habitual utilizar células derivadas de monos, lo que suponía el riesgo de arrastrar como contaminante virus de estos animales. Es lo que ocurrió con el papovirus SV-40 en algunas preparaciones de vacuna frente a polio.

Existía también el temor a usar células humanas derivadas de tumores, puesto que las bases del origen del cáncer no estaban claras. La posibilidad de que la enfermedad se transmitiese como un agente infeccioso suponía un enorme riesgo.

En este contexto, el Instituto Wistar de Filadelfia, en Estados Unidos, uno de los más activos en el desarrollo de vacunas, decidió contratar a un joven científico local, Leonard Hayflick, para encargarse de los cultivos celulares que debían servir a los científicos para generar sus vacunas.

Hayflick razonó que el sistema más seguro para generar vacunas debía consistir en un cultivo de células primarias, no expuesto a infecciones ni procesos tumorales. Utilizar tejido procedente de fetos sanos abortados le pareció la opción acertada. Durante sus primeros intentos consiguió establecer diversas líneas de fibroblastos fetales que numeró WI-1 hasta WI-25 (por Wistar Institute y el número de intento).

En junio de 1962, Sven Gard, director del departamento de Virología del Instituto Karolinska de Suecia, contactó con Hayflick para ofrecerle tejido de un feto abortado legalmente en un hospital sueco.

Los pulmones de ese feto, envueltos en gasas humedecidas, viajaron hasta Filadelfia en avión, en donde fueron recibidos por Hayflick. Trabajando del modo que ya conocía, comenzó el cultivo de fibroblastos. Multiplicó las células durante semanas hasta alcanzar, tras 9 duplicaciones, cientos de recipientes llenos de células. Con la ayuda de varios técnicos y tras una sesión maratoniana, las células fueron recogidas, distribuidas en cientos de viales y congeladas. Así se creó la línea WI-38.

En cualquier caso, el Vaticano ya se pronunció a favor del uso de vacunas producidas en estas células a través de un escrito del entonces obispo Elio Sgreccia, presidente de la Academia Pontificia para la Vida.

Sin embargo, la afirmación del arzobispo Cañizares desvirtúa la realidad. Afirmar que "primero se mata [al feto] y después se le manipula [para generar la vacuna]" es una tergiversación de la verdad que podríamos calificar de diabólica.
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