San Luis Potosí, S. L. P. México
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LA MUERTE NACE CON LA VIDA, POR LO TANTO, PARA MORIR SE TIENE QUE HABER VIVIDO
15/12/19 | 10:48 | Por: Fernando Díaz-Barraga
En días pasados mi hijo de 10 años regresó muy angustiado de la escuela, un amigo suyo había soñado que un mago le señaló que mi hijo moriría en los próximos tres días. Su angustia se incrementó exponencialmente la noche anterior al día señalado en el sueño aquél. Nada valió que yo le hubiere dicho que también había soñado con un adivino que me aseguró que mi hijo viviría por 70 años más y que, además, el mago ese era un mentiroso. Así mi hijo por primera vez se enfrentó a la muerte y al miedo de no saber que pasaría al morir. ¿Sus abuelitos lo recibirían? ¿En verdad existe Dios? ¿Cuál información prueba que existe vida después de la muerte?
La primera vida en este planeta inició hace casi cuatro mil millones de años como un organismo muy parecido a lo que hoy llamamos bacteria, es decir, organismos de una sola célula. Nosotros por el contrario somos seres pluricelulares (¡en el cuerpo humano existen alrededor de 35 millones de millones de células!). Pero esa primera célula murió, es decir, la vida surgió y con ella, la muerte nació. Pobre célula nunca supo la que armaría miles de millones después cuando una especie más evolucionada, la llamada Homo sapiens, gastaría miles de millones de monedas en pago de psiquiatras, tanatólogos y otros especialistas, solamente para entender la muerte, para aceptar la muerte, para no morir por miedo a la muerte.

Y es que solamente hay dos opciones, la muerte es simplemente el fin de esa etapa que llamamos vida o la muerte permite nacer en otra vida, solamente que diferente; y por más que sepamos que nada podemos hacer para evitarla, el no saber que pasará al dejar de vivir, genera incertidumbre y con ella un poco de temor. Pero la muerte no solamente implica el miedo personal, sino el dolor de quienes viven la muerte de un ser con el cual compartieron recuerdos, y los recuerdos no son suficientes para sentir, es más, en algunos casos los recuerdos como el de las Navidades pasadas, duelen más que el dolor.

No sé de la muerte, pero la he sentido y la he tenido a mi lado desde hace 50 años. Murió mi madre cuando yo era un niño de 12 años, después un hermano, el suicidio de un sobrino, la muerte de mi padre y la de tres de mis mejores amigos. Gente querida, gente necesaria para mi historia. ¿Quién le puede explicar a un niño que su mami le esperará allá en ese abstracto que llamamos cielo? ¿Quién le puede explicar a una madre que su hijo se suicidó por depresión y no por culpa de ella? ¿Quién puede decir algo cuando dos de tus amigos se despiden de tí, por última vez y para siempre?

Yo mismo he sentido la muerte muy cerquita tanto que olí su aliento. Una intoxicación por arsénico, una pancreatitis, un tumor mamario que finalmente resultó benigno pero que por una semana para mí fue lo más maligno que me había pasado, dos eventos en carretera, un evento de aviación, un terremoto (en la Ciudad de México en 1985) y hasta el 11 de septiembre del 2001 en Washington cuando el cielo se llenó de helicópteros, aviones de combate y mucho temor.

Es más, también me formé como biólogo celular y me apasiona la perfección de los mecanismos esos que al final producen eso que llamamos vida. Sin embargo, ahora trabajo entre marginados y exclusión, y duele entender que existen otras formas de morir. Entonces de lo que se trata, es que la muerte significa mucho más que el dejar de vivir. Se trata de injusticia y de la pérdida de esperanza, se trata de soledad y de que nunca más volveré a verte, se trata de inequidad y de la impotencia de no poder detenerte.

Así que yo no le temo a la muerte. Me duele la separación por supuesto, pero entiendo que el camino no para aquí. Dios existe, y no hablo del Dios de cualquier religión, sino del Dios creador. Si Usted ha perdido a alguien, llórelo y mucho; pero luego, apresure su caminar porque créamelo la vida no para aquí. Viva y sea feliz, que la felicidad es de lo que se trata el vivir. Si Usted padece alguna enfermedad, sé que le duele la separación y al mismo tiempo le inunda el temor. Entonces los besos y abrazos serán paliativos necesarios para saber que el que ha vivido nunca muere, porque créamelo, la vida no para aquí.
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